La golfita tuvo que aprender a las que no soy su pendejo, no me creía que yo uso tan chingón la reata que dejó a las perras sin poder caminar.
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La golfita tuvo que aprender a las que no soy su pendejo, no me creía que yo uso tan chingón la reata que dejó a las perras sin poder caminar.

Sobre advertencia no hay engaño y a todas las putitas con los que me mensajeo se los dejo muy, pero muy claro: me convierto en una bestia cuando me cojo a una perrita sumisa, apretada y nalgona. Simple y sencillamente no puedo controlar los impulsos de destruir el culito de la zorra a la que tengo empinada, me encanta escuchar sus gemidos de dolor y de placer mientras se la dejo ir toda sin piedad, escuchando mis huevos estrellarse con fuerza en sus nalgotas. Muchas no aguantan y me piden perdón con una mamada, pero este perra aguantó varo mordiendo la almohada y no soltó un quejido, ni siquiera pujo, solo gemía y gemía hasta que me excitó tanto que terminé deslechándome sabroso en su culote.

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